Maria T. Palmer, Hispanic Ministry ("La Mesa") of United Church of Chapel Hill, "Finding strength and courage in community and prayer"

 

Finding strength and courage in community and prayer

Encontrando fuerza, valentía y sanidad en la oración y la comunidad

                                                                               —Maria T. Palmer/ Maria Teresa Unger de Palmer 





English text follows the Spanish text.


Tengo una versión caligrafiada de Josué 1:9 colgada en mi cocina, al lado de mis calendarios (uno mensual y el de cumpleaños). En letras grandes me recuerda: “Sé fuerte y valiente, no tengas miedo ni te desanimes, porque el SEÑOR TU DIOS estará contigo dondequiera que vayas” JOSUÉ 1:9

 

Yo vengo de una familia en la que se hablaba ocasionalmente de salud mental, pero siempre en el contexto de la “investigación médica”. Recuerdo menciones sobre desequilibrios químicos o de descubrimientos de cómo las drogas afectaban el cerebro; mis padres se sentían cómodos con las discusiones teóricas sobre la ciencia de las enfermedades mentales, pero casi nunca se tocaban temas emocionales o se discutían nuestros sentimientos. Mi depresión adolescente no fue diagnosticada, ni siquiera cuando le dije a mi padre que pensaba que sería bueno morir antes de terminar la secundaria, cuando todos se quedarían con la idea de que yo seguramente hubiera llegado a destacarme… en lugar de llegar a ser adulta y convertirme en un ser humano promedio y ser una decepción para todos. Mi esposo también proviene de un hogar donde los problemas de salud mental fueron obviados. Creció en una familia bautista del sur, tradicional y conservadora, donde eso era algo que no se discutían y mucho menos trataban. No supe de ellos hasta varios años después de casarnos.  

 

Eso explica por qué, cuando mi marido y yo estábamos luchando contra la depresión y serios problemas de salud mental en nuestras familias, no estábamos bien preparados y no sabíamos a quién recurrir en busca de ayuda, a pesar de que ambos ejercíamos profesiones donde veíamos esos problemas a diario.  Me llevó décadas y la insistencia de amigos laicos para que “lo intentara de nuevo” antes de encontrar la terapia adecuada y pudiera recibir el apoyo que necesitaba. Es un poco como ir por la vida con mala visión y finalmente conseguir la prescripción apropiada y los anteojos que me ayudan a lograr una imagen más clara del mundo.

 

Como pastora, también tuve dificultades para ayudar a las personas que enfrentaban problemas de salud mental. A pesar de vivir en una comunidad próspera, los servicios para inmigrantes pobres y sin seguro eran casi inexistentes. Perdí la fe en el sistema cuando una madre inmigrante que estaba sufriendo de depresión posparto llamó a una línea de asesoramiento y los servicios sociales se llevaron a su hija de su hogar y mandaron a la madre a Urgencias y no recibió ninguna ayuda. Nos llevó casi un año, un marido comprometido y un juez comprensivo lograr que su hija finalmente regresara a casa.

 

Afortunadamente, aunque lentamente, las cosas están cambiando. Muchas iglesias en el condado de Orange reconocen el costo que las enfermedades mentales y los servicios deficientes de salud mental han tenido en nuestra comunidad. Como parte del trabajo para brindar sanación y justicia, esas iglesias son parte de la campaña de Justice United, o Justicia Unida, para abogar por mejores servicios y resultados de salud mental. Estamos haciendo una diferencia. El Futuro , una organización cuya misión es brindar salud mental a inmigrantes hispanohablantes, ha implementado un nuevo programa, que ahora se está replicando en otras partes del estado: capacitar y desplegar trabajadores comunitarios de salud mental.

 

Mientras estaba en el pastorado, descubrí que orar en voz alta con y por las personas era una de las experiencias más sanadora que podía ofrecer. Era la articulación de Josué 1:9, adaptada a las circunstancias que enfrentaba la persona por quienes oraba. Podía recordarles: “Somos fuertes, con Dios podemos enfrentar esto”. Cualesquiera que fueran mis dudas o discusiones con Dios que pudiera estar experimentando, nunca dudé cuando me pedían que orara, porque no me cabía (ni me cabe) ninguna duda de que el Dios de nuestro asombroso Universo (a quien conocemos por diferentes nombres) se preocupa por la persona que ha pedido mi ayuda. Y es un honor y un privilegio articular esa convicción: eres un hijo de Dios. Mereces paz, sanación y alegría. Podía orar por otros y creer que Dios respondería, incluso cuando me sentía casi vacía por dentro y dudaba de mí misma. Y siempre me asombraba lo que sucedía cuando los “dos o tres se reunían en el nombre de Dios” para orar. Las personas que habían acudido a mí confundidas y asustadas solían marcharse de mi oficina con nuevas esperanzas, con confianza en que Dios estaba atento a sus necesidades, o incluso ya había comenzado a responder a nuestras oraciones. También instituí servicios de sanación mensuales a los que asistía mucha gente y que permitían a las personas compartir con franqueza sus luchas y pedir ayuda.

 

He descubierto en la oración un poder sanador que nunca deja de sorprenderme, y sigo orando con y por personas en muchos entornos e incluso en lo que a veces comienzan como llamadas incómodas de desconocidos que han oído que abogo por la comunidad inmigrante. Y tengo compañeros de oración de diferentes religiones y denominaciones que están dispuestos a orar por mí cuando lo necesito. Ya sea porque esto nos permite articular en voz alta y con franqueza nuestras necesidades o porque es una expresión de fe en que hay ayuda disponible, el resultado siempre es una sensación de mejoría. Junto con la redacción de sermones o devocionales, apoyo médico, y terapia, orar por los demás es parte de la receta para fortalecer tanto mi fe como mi salud mental.

 

Pero tengo que confesar que a menudo todavía me cuesta pensar que Dios pueda preocuparse por nuestros problemas cotidianos ni escuchar mis oraciones cuando pido algo para mí. Una vida de luchas con la depresión y la pérdida de mi hermano por suicidio me han enseñado que no importa cuán inteligente sea alguien o cuán buena sea su teología, no podemos escapar de nuestros pensamientos negativos. Por eso trabajo con un consejero y probablemente seguiré necesitando ayuda médica y psicológica después de que me jubile. Todavía me queda mucho por hacer para priorizar mi salud mental y poner el esfuerzo que requiere una salud mental óptima. Dedicar tiempo al ejercicio, fomentar la creatividad, hacer tiempo para la meditación y el descanso adecuado, y no descuidar mi nutrición es difícil para mí, que he pasado años sintiéndome valorada solamente cuando me sentía útil y servicial.

 

Compartiré un incidente reciente que ilustra lo que quiero decir y espero que demuestre que estoy progresando. Hace poco, en mi único día libre, mientras intentaba dormir hasta tarde, la barra de mi closet se derrumbó. Sonó como si un animal hubiera entrado en la casa, atravesado el techo y aterrizado en mi habitación. Tenía un problema (que mi hija me recordaría que es prácticamente la definición de un “problema del primer mundo”): tenía más ropa de la que necesitaba o de la que cabía en mi closet. Puesto en perspectiva, el hecho que se hubiera derrumbado mi closet, en realidad no tenía importancia. No hubo heridos, no causó ningún sufrimiento. Pero para mí, ese día, fue un gran problema. Me sentí como el fracaso más completo. Estaba pensando en que siempre tengo prisa y no tengo tiempo para ordenar las cosas, que mis primas están demasiado lejos para intercambiar ropa o para decirme cuándo es hora de deshacerme de algo... el closet se convirtió en un símbolo de todo lo triste o problemático en mi vida. [¡A esto me refiero cuando digo “no podemos escapar de nuestros pensamientos negativos”!]

 

Me costó un esfuerzo enorme levantarme de la cama. Me gustaría poder decir que me detuve, oré y le pedí a Dios ayuda y una nueva perspectiva. Pero tengo que confesar que a veces sufro de miopía cristiana—el creer que sólo podemos “molestar” a Dios por cuestiones trascendentales de vida o muerte—y de la noción equivocada de que cuando algo sale mal (como sucede inevitablemente), eso quiere decir que soy un fracaso.

 

Esa noche ya tenía comprada la pieza de repuesto para arreglar el closet, pero toda mi ropa estaba amontonada sobre mi cama cuando dos señoras de la iglesia vinieron a mi casa para notarizar un documento. Estaban cansadas, pues habían trabajado todo el día cuidando niños, y yo, como soy una notaria recién certificada, me demoré un poco en completar los certificados. Cuando terminamos y nos tomamos de la mano para orar antes de despedirnos, me sentí un poco avergonzada (como si estuviera diciendo “ay pobre de mí”) cuando les conté lo que había sucedido esa mañana y pedí oración. En lugar de decirme “buena suerte” e irse a casa a descansar, insistieron en ayudarme.

 

Llenamos dos bolsas grandes de ropa para regalar. Nos reímos mientras una de las mujeres se probaba algunos de los vestidos, emocionada de descubrir que le quedaban perfectos y que podían suplementar su vestuario. Mis nuevas amigas de la iglesia, con su presencia y su disposición a ayudar, transformaron mi problema en una bendición, para ellas y para mí. Pero esto sólo pudo suceder porque compartí mi necesidad—una necesidad que me sentí lista para compartir cuando dejamos de lado nuestras pretensiones y vergüenzas y nos uníamos en una vulnerabilidad mutua.

 

Si estuviera predicando sobre Josué 1:9 esta semana, podría agregar un recordatorio a mi congregación: “Sean fuertes y valientes, no tengan miedo ni se desanimen; compartan las cargas de los demás y oren juntos tan a menudo como puedan, recordándose unos a otros esta hermosa verdad: el Señor su Dios está con ustedes dondequiera que vayan. AMÉN

 

English translation:

 

I have a calligraphy version of Joshua 1:9 hanging in my kitchen, right next to the monthly and birthday calendars. In big letters it reminds me: “Be strong & courageous; do not be afraid or discouraged for the LORD YOUR GOD is with you wherever you go” JOSHUA 1:9

 

I come from a family where there were occasional discussions about mental health, but always in the context of the “medical research” about chemical imbalances or the effect of drugs on the brain. My parents were comfortable with theoretical discussions about the science of mental illness, but much less so discussing emotional issues or feelings. My adolescent depression went undiagnosed, even when I told my father I thought it would be good to die before finishing high school, when everyone would still think I would have gone on to do great things, rather than to live into adulthood and be a mediocre human being and a disappointment. My husband comes from a traditional and conservative Southern Baptist home, where his family’s mental health problems remained firmly shut in the closet. I didn’t know about them until well into our marriage. 

 

Which explains why when my husband and I were struggling with depression and major issues of mental health in our families of origin, we were ill prepared and didn’t know where to turn for help, despite both of us being in “helping professions.” It took me decades and the insistence of lay friends to “try again” before I found a counseling center where I could receive the support I needed. I think of it as going through life with poor vision and finally getting the right prescription and the glasses that help me achieve a clearer picture of the world!  

 

As a pastor I also struggled to support folks who were dealing with mental issues. Despite living in a wealthy community, services for poor and uninsured immigrants were almost non-existent. I lost faith in the system when an immigrant mother in the throes of post-partum depression called a counseling line and her baby girl was removed from the home by social services while she was told to go to the ER and received little help. It took us almost a year, a committed husband and an understanding judge to have her baby girl finally come back home. 

 

Fortunately, things are slowly changing. Many churches in Orange Co. recognize the toll mental illness and poor mental health services have taken in our community. As part of the work to bring healing and justice, those churches are part of the Justice United campaign to advocate for better mental health services and outcomes. We are making a difference. El Futuro, an organization whose mission is to provide mental health for Spanish-speaking immigrants has implemented a new mode—now being replicated in other parts of the state—training and deploying mental health community workers. 

 

While I was in the pastorate, I discovered that praying aloud with and for people was the most healing experience I could offer. It was the articulation of Joshua 1:9, adapted for the circumstances being faced. I could remind folks “We are strong, with God, we can face this.” Whatever doubts or arguments with God I might be experiencing, I never hesitated when asked to pray—because I have no doubt in my mind that the God of our amazing Universe (known by any name or concept) –cares for the person who has asked for my help. And it is an honor and privilege to articulate that conviction:  You are a child of God. You are deserving of peace and healing and joy. I could pray for others and believe that God would answer even when I felt close to empty inside and doubtful myself. And I was always astonished at what happened when the “two or three gathered in God’s name” to pray. Folks who had come to me confused and scared would often leave my office or service with renewed hope, with a new confidence that God heard or even already had began to answer our prayers. I also instituted monthly healing services that were well attended and allowed people the opportunity to frankly share their struggles and ask for help. 

 

I have found in prayer a healing power that never ceases to astonish, and I continue to pray with and for people in many settings and even in what sometimes start as awkward calls from strangers who have heard I’m an advocate for the immigrant community. And I have prayer partners of different faiths and denominations who are willing to pray for me when I need it. Whether it is the frank speaking aloud of our needs, our trust that there is help available, the result is always a sense of healing. Together with sermon-writing, medication, and counseling, praying for others is part of the prescription for strengthening both my faith and my mental health.

 

But I have to confess that often I still have a hard time seeing God caring or bothering to hear my prayers for myself. A lifetime of struggles with depression and the loss of my brother to suicide have taught me that no matter how smart someone is or how good one’s theology, we cannot outrun our thoughts. Which is why I work with a counselor and probably will continue to need medical and psychological help into my retirement. I still have a way to go in prioritizing my mental health or doing the hard work that optimal mental health requires. Taking time for exercise, mindfulness/meditation, appropriate rest, good nutrition, nurturing creativity is hard for me, who has spent years feeling valued only when helping others. 

 

I’ll share a recent incident that illustrates what I mean, and hopefully shows that I am making progress. 

Recently, on my only day off, as I was trying to sleep in, my closet collapsed. It sounded as if an animal had gotten into the house, fallen through the ceiling and landed in my room. I had a problem (which my daughter would remind me is practically the definition of a “first world problem”): I had more clothes than I need or that fit in my closet. In the big scheme of things, my collapsed closet doesn’t really matter. Nobody is hurt, nobody is suffering. But for me that day, it was a big deal. I felt like the most complete failure. I was thinking about how I am always in a hurry and don’t have time to sort things, how my cousins are too far to exchange clothes or to tell me when it’s time to get rid of something… the closet became a symbol of everything sad or wrong in my life. [This is what I mean when I say “we cannot outrun our thoughts!”]

 

It took an enormous effort to even get out of bed. I wish I could report that I stopped and prayed and asked God for help and a new perspective. But I have to confess I sometimes suffer from the Christian myopia that thinks we can only “bother” God for transcendental matters of life and death, and the misguided notion that when something goes wrong—as things inevitably do! —we have somehow failed. 

 

By that night I had bought the replacement piece to fix the closet, but all my clothes were in a mountain on my bed when two church ladies came to my house to have a document notarized. They were tired, having worked all day with children, and me, being a new notary, took a little while completing the paperwork. As we finished, and we held hands to pray, I was a little embarrassed and indulged in some self-pity when I shared what had happened that morning. Instead of saying “good luck” and going home to rest, they insisted on helping me. 

 

We filled two large bags of clothes to give away. We laughed as one of the ladies tried on some of the dresses, excited to find that they fit her perfectly and could enhance her wardrobe. My new friends from church, with their presence and willingness to help, transformed my problem into a blessing, for them and for me. But it could only happen because I shared with them my embarrassing need, a need I felt ready to share as we let our pretenses down and joined in mutual vulnerability. 

 

If I were preaching on Joshua 1:9 this week, I might add a reminder to my congregation:  “Be strong and courageous, do not be afraid or discouraged—share each other’s burdens and pray together as often as you can, reminding each other of this beautiful truth: that—the Lord your God is with you wherever you go. AMEN



Rev. Dr. Maria Teresa Palmer grew up in Peru and came to the US as a college exchange student; she's been married to biblical scholar and educator Dr. Micheal Palmer for 45 years (!)  and they have 3 adult children and two grandchildren.  A bivocational minister, she is a former K-16 educator, and was the founding pastor of Iglesia Unida de Cristo in Chapel Hill, which later became the Hispanic Ministry ("La Mesa") of United Church of Chapel Hill. Maria now works as a Family Support Coordinator for organ donation.

 

Image Credit: NASA, ESA, CSA, STScI, Webb ERO Production Team
In this mosaic image stretching 340 light-years across, NASA's James Webb Space Telescope’s Near-Infrared Camera (NIRCam) displays the Tarantula Nebula star-forming region in a new light, including tens of thousands of never-before-seen young stars that were previously shrouded in cosmic dust. The most active region appears to sparkle with massive young stars, appearing pale blue.

 

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